Soñar cuesta muy poco...
Soñar cuesta muy poco...

Takayama

Shinkansen.

DÍA 4 (6 octubre)

 

Nos levantamos temprano, como cada día, hicimos el check-out, desayunamos algo rápido en la estación y cogimos:

El primer tren del día, que nos llevó hasta Shin-Kobe, allí hicimos trasbordo.

 

Shinkansen hasta Nagoya, donde volveríamos a cambiar de tren.

 

Ltd.Express Wide View Hida que nos llevaría a nuestro destino: Takayama.

 

En total fueron casi 6 horas viajando, pero llegamos con muchas ganas de conocer el lugar, ya que en las 2 horas y media que había durado el último tren no habíamos podido cerrar la boca de lo impresionados que estábamos con las vistas de la región.

Nos encontrábamos en medio de los Alpes Japoneses y el entorno era espectacular. 

K`S House hotel.
 

Habíamos hecho una reserva en una guest house llamada K’S House, de la que habíamos leído muy buenas críticas. El lugar nos encantó desde el primer instante. Nos teníamos que descalzar para entrar, dejando los zapatos en un mueble de la entrada. El establecimiento tenía habitaciones privadas con baño, pero había cocina, comedor y salón compartidos y la gente hacía mucha vida allí.

 

Hicimos el check-in y nos dirigimos a la estación de autobuses, donde cogeríamos un minibus que nos llevaría a la Aldea de Hida No Sato, un pintoresco lugar formado por una serie de edificaciones que, estructuradas alrededor de un gran lago, recrean la vida tradicional japonesa. El precio del bus, junto con la entrada al recinto cuesta 930 yenes (unos 7€).

 
 
Aldea de Hida.
Brochetas de arroz.

Tras una breve pausa en el hotel nos dirigimos calle arriba hasta la parte más clásica de la ciudad. Casas de madera con un marcado estilo japonés que esconden talleres artesanos de jabón, destilerías de sake, tabernas, restaurantes tradicionales, museos, etc. Aprovechamos para probar todo mejunje que nos ofrecían y para agenciarnos un par de botellas de sake.

Horas después, maravillados por el encanto del lugar, decidimos comprar unas piezas de sushi y algo de ramen y cenar en el hotel, junto con el resto de huéspedes. Allí fue donde Japón nos acabó de conquistar. El ambiente de las casas de huéspedes es muy diferente al de los hoteles y el que allí se respiraba era especialmente bueno. Compartimos mesa con unos australianos que viajaban de mochileros con su hija de apenas un año, mantuvimos una larga conversación con un viajero portugués afincado en Londres que viajaba solo por Asia, ayudamos a practicar español a un Indio que había estudiado un año en Barcelona e hicimos dos amigos japoneses con los que compartimos risas y sake. 

 

Después de mucho parloteo nos fuimos a dormir no sin antes intercambiar contactos con nuestros nuevos amigos japoneses.

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